Lili y su familia se acababan de mudar a la vieja casa de la pradera que le había dejado en herencia su abuela materna. Era una casa antigua, de madera, pintada de blanco. Tenía un amplio porche, y todas las contraventanas de la casa estaban pintadas de azul. La casa estaba rodeada por una hilera de setos con flores amarillas. Había cuatro arboles situados cada uno a una esquina, un manzano, un melocotonero, un limonero y un cerezo. La gente del pueblo la llamaba "La casa de los Colores". Este nombre venía de la gran cantidad de plantas angiospermas que llenaban la casa de una explosión de colores en primavera.
Lili tenía tres hermanos, todos mayores. Solía jugar sola, era muy tímida y muy curiosa. Le encantaba observar la naturaleza y jugar con los animales silvestres, por ello no le apenaba la mudanza, amaba esa casa. En especial disfrutaba con el gran columpio colgante que había delante del porche de la casa, cerraba los ojos y soñaba que volaba, como los pájaros. A veces le gustaba imaginar que era un animalillo que correteaba feliz sin tener que preocuparse de nada. Sin nadie que le dijese que no se manchase el vestido, ni normas, ni deberes, ni el comportamiento adecuado en la mesa. No entendía por qué no podía jugar en el barro, o por qué estaba mal sentarse con la espalda encorvada, y sobre todas las cosas odiaba ala institutriz, siempre tan estirada, con esos modales y aires de grandeza. En cambio adoraba a Mary, la criada, ella la entendía, jugaban juntas y de vez en cuando, a escondidas, subían por la noche a la bohardilla a contarse historias de miedo, era tan emocionante... Solas a la luz del candil leyendo cuentos de Poe, a Lili se le ponía la carne de gallina.
Lo primero que hizo la pequeña niñita al llegar a la nueva casa, fue explorar las habitaciones. Enseguida se oyó a los brutos de sus hermanos correr y pegarse por qué habitación se quedaba cada uno.
- ¡ME PIDO ESTA! - Exclamó el pequeño Jeremy.
- ¡NO SEAS IDIOTA! ¡ES MÍA! - Protestó John, el mediano.
- No es para ninguno de los dos, ¿Acaso no veis que es la más grande? está claro que está es para mi. - Alegó Jack, el mayor.
Y tras esto empezó una batalla campal para decidir quien se quedaba con la habitación.
Lili encontró una habitación muy curiosa, de paredes rosas y en ellas había infinidad de mariposas estampadas, que volaban hacia un almendro en la pared frontal. Era un mural precioso. No abundaba la decoración. Únicamente había una cama, con una mesilla, un armario, un escritorio y una lámpara de pie. Todos los muebles seguían el mismo patrón, estaban pintados de un suave rosa y decorados con pintura blanca, dibujando lineas y mariposas. Era, sin lugar a dudas, una habitación pintoresca. Además cabe decir que parecía que hacía años que un alma no pisaba esa habitación. El suelo chirriaba y la ventana no cerraba bien. Los muebles habían perdido el brillo y una capa de polvo cubría absolutamente todo. Con todo a Lili le parecía la mejor habitación del mundo.
No puedo esperar más, quería inspeccionar absolutamente todos los rincones de aquella habitación. Se tumbó sobre la cama, apagó y encendió la lámpara, miró absolutamente todos los cajones... Pero nada, no encontró más que algunos botones, pelusas y una pluma que parecía muy antigua. Solo quedaba por ver el armario, pero no llegaba a los tiradores, era muy pequeña... Con esto bajó rauda y veloz hacia la cocina en busca de un taburete, o una caja, o algo que le sirviese para subirse y que además no pesase mucho. Cuando estaba bajando las escaleras principales se topó con su madre.
- ¡LILIAN! Hija mía que preocupada me tenías, ¿Donde estabas? Ven, vamos a comer ya.
Continuará (:
domingo, 19 de junio de 2011
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